A ver, dicen que enero cambia a muchas personas, no lo creo…
Pero yo si creo que hay momentos en la vida que te cambian.
Algunos son épicos, otros parecen insignificantes, pero de repente…PAAM, te das cuenta de
que nada volverá a ser igual.
Para mí, uno de esos momentos fue la primera vez que vendí una tarta de queso.
Una tarta.
Un pedido.
Veinte euros.
Y sin embargo, sentí que estaba vendiendo el guion de mi vida a Hollywood.
Porque una cosa es hacer tartas para ti, para tu familia, para tus amigos, con su clásico
“buah, está buenísima” (que nunca sabes si es real o si simplemente te quieren).
Y otra cosa muy distinta es que alguien pague dinero de verdad por algo que hiciste tú.
Y ese día pasó.
Me acuerdo perfectamente.
Me hicieron el pedido.
Yo me puse en modo laboratorio secreto, como si estuviera preparando el lanzamiento de
un cohete.
Horno encendido, ingredientes pesados al miligramo, ni un gramo más, ni un gramo menos.
La saqué perfecta.
La metí en su caja con más delicadeza que un cirujano operando a corazón abierto.
Y cuando llegó el momento de entregarla… me entró el pánico.
«¿Y si no le gusta? ¿Y si la compara con otra y piensa que la suya es mejor? ¿Y si se da cuenta
de que no tengo ni idea de lo que estoy haciendo?»
Porque claro, nadie te avisa de esto, pero vender algo que has hecho con tus manos es
exponerte al juicio más duro.
Es como salir al escenario sin saber si la gente va a aplaudir… o a tirarte tomates.
Pero no hubo tomates.
Hubo un mensaje.
Uno simple.
Un “espectacular”.
Y ahí supe que ya no había vuelta atrás.
Porque cuando alguien prueba tu tarta y te dice que es la mejor que ha comido en su vida…
Ahí todo tiene sentido.
Ahí sabes que no quieres hacer otra cosa.
Desde entonces, han pasado muchas tartas.
Muchas historias.
Muchas noches sin dormir.
Y, sí, muchas dudas también.
Pero nunca volví a cuestionarme si esto era lo mío.
Porque a veces, todo empieza con una idea loca.
Con una apuesta a ciegas.
Con veinte euros.
Y parece poco.
Pero en realidad, esos veinte euros eran mucho más que dinero.
Eran alguien diciéndome sin palabras:
«Confío en ti. Aunque no te conozca. Aunque no tengas logo. Aunque tu packaging no sea de
Pinterest.»
Y eso, amigo, es el verdadero subidón.
Más que cualquier like.
Más que cualquier reel.
Más que esa palmadita en la espalda que viene con condescendencia gratis.
Porque el síndrome del impostor no se vence con frases de motivación pegadas en la
nevera,
ni con “échale ganas” dicho por alguien que nunca ha vendido nada en su vida.
Se vence haciendo.
Sudando.
Jugándotela.
Con el estómago encogido y el horno encendido.
Y ojo:
el síndrome del impostor es algo que jamás, pero jamás deberías perder del todo.
Porque esa vocecita incómoda que te dice “¿y si no es suficiente?”…
es la misma que te empuja a mejorar.
A seguir aprendiendo.
A no dormirte en los laureles ni en la crema de queso.
Es lo que te mantiene alerta, humilde y vivo.
Así que la próxima vez que lo sientas, no intentes callarlo.
Escúchalo.
Y haz eso que tanto quieres hacer.
Aunque solo te paguen veinte euros.
Pero bueno, no me hagas mucho caso.
Yo simplemente hago tartas de queso.


