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EL TRABAJO QUE SOÑABA LLEGÓ Y ESTO FUE LO QUE HICE …

A ver, esta historia parece sacada de una serie.
De esas que en el capítulo 1 el protagonista deja todo por una idea loca,
y en el capítulo 2 le llega una oferta tentadora que lo hace dudar de todo.

Pues eso me pasó. Literal.
Había tomado la decisión.
Había alquilado el local.

Tenía las llaves en la mano, los nervios en el pecho y la cuenta del banco tiritando.
Y justo ahí… me llaman.

«Hola Anxo, nos interesa que te incorpores como responsable de informática…»

¿Perdón?

O sea, me están ofreciendo el puesto que, hace un mes, habría considerado el santo grial.

Estabilidad. Sueldo fijo. Oficina calentita. Silla ergonómica.

Nada de hornos.
Nada de queso.

Nada de jugártela a una receta.
Y claro, por un segundo me entró la duda.
Porque a ver, uno es valiente, sí, pero también tiene facturas.

Y la idea de tener que llenar el local, pagar proveedores, lidiar
con licencias, con papeleo, con gente que te dice “esto no va a funcionar”…

Pues no es precisamente el sueño húmedo del emprendedor medio.

Y ahí me vino una frase a la cabeza.

Una de esas que no te sueltas tú, pero de repente se te clava en el pecho:

¿Cuánto te tienen que pagar para renunciar a tus sueños?
La respuesta, para mí, en ese momento, fue clara:

No hay cifra.

Porque entonces me vi a mí mismo.
Volviendo a la rutina.
A los Excel.
A los tickets de soporte.
A vivir para el viernes.
Y supe que no.
Que ya no podía volver ahí.

Porque cuando ya has alquilado el local, no solo has firmado un contrato.
Has firmado contigo mismo.

Has dicho: “voy a por ello, pase lo que pase”.
Y eso, amigo, no se rompe con un sueldo.

Así que colgué.
Y me fui al local.
Abrí la puerta.

Olía a pintura y a futuro incierto.
Y en ese momento, entre el miedo y la adrenalina, supe que había elegido bien.

Porque a veces, lo fácil no es lo correcto.

Y lo correcto no siempre huele a tarta de queso recién hecha.
Y si alguna vez te pasa lo mismo, si la vida te ponen un caramelo
en la boca justo cuando ya te habías lanzado a por tu sueño…
piensa en esto:

¿Qué te va a reprochar tu yo de ochenta años? ¿Haberlo
intentado o haberte quedado con lo cómodo?
Si el vértigo aprieta, es que estás en el camaino correcto.

Y si huele a horno caliente… mejor.
Pero bueno, no me hagas mucho caso.
Yo simplemente hago tartas de queso.

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